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El Edificio Woolworth (Inglés: Woolworth Building) es un rascacielos de la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. Su construcción terminó en 1913 y fue diseñado por Cass Gilbert.
woolworth

Fue el edificio más alto del mundo hasta 1930, cuando se construyeron el 40 Wall Street y el Edificio Chrysler. El edificio fue construido por el financiero estadounidense Frank Woolworth, que deseaba un edificio destacable para su sociedad. En 1909 compró un terreno en Broadway, pagando el rascacielos al contado.

El edificio se asemeja a una catedral gótica por sus adornos de pináculos y gárgolas. Cuenta con 60 pisos y 241 metros de altura. En la antecámara en forma de cruz latina se extiende la galería comercial. El vestíbulo tiene una altura de tres plantas, techo con cristaleras y bóveda cubierta de mosaicos dorados de inspiración bizantina, una gran escalera de mármol y esculturas que caricaturizan a Woolworth contando monedas y Gilbert con una maqueta de su edificio.

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Hace tres años, en el pico de la burbuja inmobiliaria, el promotor Harry Macklowe pagó 498 millones de dólares por un rascacielos de 40 plantas en el número 1330 de la avenida de las Américas, en Manhattan. Ese mismo edificio, situado en la zona más cara en EE UU, y quizá del mundo, se acaba de vender en una subasta por 100.000 dólares.Stop_rascacielos_ManhattanMacklowe no podía pagar lo que debía. El nuevo propietario del rascacielos, el fondo de pensión canadiense Otera Capital, asume los 240 millones de su hipoteca. El 31% del edificio, que acoge la redacción estadounidense del diario Financial Times, estaba vacío, a pesar del desplome que desde hace meses se ve en el precio de los alquileres. Otro signo de la crisis que azota el centro del capitalismo tras el infarto de Lehman Brothers. Y no es el primer caso, ni será el último.

Real Capital Analytics calcula que sólo en Nueva York hay propiedades comerciales por un valor superior a los 6.000 millones que afrontan problemas serios de financiación y que pueden acabar subastadas por desahucio. Una situación inédita en décadas. Entre las propiedades en serias dificultades se encuentra el rascacielos de Moinian Group.

Han bastado siete meses para que se produjera el vuelco. Ante tal degradación, en el sector se preguntan si hay capacidad de movilizar el crédito para refinanciar los préstamos de estas propiedades que acogen oficinas, centros comerciales, hoteles -como el proyecto que apoya Robert de Niro en Manhattan- y otro tipo de edificios no residenciales.

Se calcula que en EE UU hay unos 680.000 millones de dólares en préstamos cuya financiación debe ser revisada entre este año y 2012. Por eso se teme que el comercial sea la próxima burbuja en estallar en el sector inmobiliario, donde la crisis de las hipotecas subprime está provocando ya que en California, Florida, Arizona o Nevada algunas hipotecas valgan más que las propias casas y sus efectos salpiquen al conjunto de la economía.

Obligados a vender

Y, como en el caso de los préstamos basura, preocupa que los activos que respaldan los créditos de inmuebles comerciales es un mercado que está seco. Esa especie de bonos está valorada en 700.000 millones, y de ellos, unos 154.000 deben ser revisados por los bancos. Si los propietarios no consiguen renovar o modificar las condiciones del préstamo, deberán vender. Deutsche Bank acaba de desprenderse del rascacielos Worldwide Plaza, uno de los siete edificios adquiridos por Harry Macklowe en 2007 en plena burbuja inmobiliaria, adquirido con un crédito de la entidad alemana.

El Real Estate Roundtable estima en 6,5 billones el valor del sector inmobiliario comercial en EE UU. La mitad, unos 3,1 billones, es deuda. “El peligro es que se repita lo que ocurre en el mercado residencial”, señalan desde esta asociación, que teme que buena parte de los créditos a revisión no pase el listón. Deutsche Bank advierte de que los impagados se han duplicado desde septiembre y podrían llegar a multiplicarse por diez. Los problemas financieros también están poniendo de rodillas a otros grandes proyectos en fase de incubación, como el rascacielos de Herzog & De Meuron, de 56 pisos. También está estancada la torre de 42 plantas de Kohn Pedersen Fox para JP Morgan Chase. Y sufre serios retrasos la de 72 pisos de Jean Nouvel junto al MOMA.

Como decía New York Magazine, está a punto de escribirse una historia de los edificios que nunca se construyeron. “En tiempos difíciles, el índice de supervivencia

[de ambiciosos proyectos] cae con el Dow [el principal índice de Wall Street]”, afirma la publicación. Sólo si la financiación empieza a fluir pronto se evitará.

Comprar barato

La incertidumbre sobre la marcha de la economía hace difícil saber cuál será el tamaño de esta nueva ola. La recesión ya está restando valor a esos activos inmobiliarios, cuyo precio medio cayó un 17% en 2008. Y se habla de una corrección del 35% antes de que se estabilice respecto al pico. El problema es que esos créditos están respaldados por bancos y aseguradoras, lo que podría traducirse en nuevas pérdidas para el sector financiero. Es un tren descarrilado que se puede empotrar en el edificio, como señalan desde el portal PropertyShark.

Pero la crisis permite a los compradores con liquidez adquirir mucho más barato. Y al no haber nuevas construcciones, los bancos pueden abrir más la mano a la hora de negociar los créditos. Tanto la Reserva Federal como el Tesoro ya están ajustando sus mecanismos de ayuda para hacer más atractiva este tipo de deuda ante los inversores.

El País.-

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Broadway y Séptima avenida se cruzan a la altura de la calle 46 en Times Square, el centro de Manhattan, ese baño de luz y rascacielos que el mítico escritor Jack Kerouac describiera como el nido en el que “despiertan las altas torres de la tierra”.La esquina -una cornucopia de tránsito, sirenas y olores de lluvia y rancios hot dogs, coronada por una gigantografía azul y blanco nupcial que promociona el musical Mamma Mía y que se enfrenta calle de por medio la chica robot del anuncio de Svedka Vodka- es la elegida por Marshall Berman para nuestro encuentro.

Berman, autor de Todo lo sólido se desvanece en el aire, uno de los libros que marcara a fuego a la crítica cultural y urbanística a principios de los ochentas, aguarda reclinado sobre un cantero desierto de flores. Comienza a llover y el hombre, vestido de pantalón aviador y la típica camisa con John Lennon frente a la Estatua de la Libertad, me saluda e inmediatamente propone recorrer la “Plaza Urbana”, este espacio que pocos días atrás la comisionada de transportes de la ciudad Janette Sadik-Khan incrustara como un marcapasos en el corazón de Times Square.

La nueva zona peatonal de más de 5.500 metros cuadrados poblada de sillas y mesitas de colores, que se sumará a los recientemente adicionados 1.500 kilómetros de bicisendas para convertir a Nueva York en una ciudad más amigable y vivible, no sólo ha generado revuelo sino una gran cantidad de preguntas. Entre ellas una que le interesa especialmente a Berman, ¿cómo será la Nueva York del futuro?

On the Town, el trabajo más reciente del autor, tiene que ver con esta evolución. En el libro, Berman construye una historia cultural de los cien años de Times Square, desde sus inicios como centro de entretenimiento hasta su más reciente transformación.

Entre una marea de transeúntes somos pocos los que bajo la escasa lluvia nos animamos a sentarnos en las reposeras provistas por la ciudad. Berman, quien parece satisfecho con el cambio, señala a una muchacha, también sentada, que a pocos metros de donde nos encontramos lee un libro bajo su paraguas.

“El alcalde más amado en Nueva York fue Fiorello La Guardia”, comienza mientras se acomoda la barba descomunal. “Fue el alcalde de la ciudad y de la gente durante los años 30 y los 40. Era parte italiano, parte judío, nacido y criado en el East Harlem. Fue el abogado de los trabajadores y de los diferentes movimientos sindicales. De hecho, se convirtió en una de las voces de la gente común de un modo nunca visto antes en la ciudad. Sin embargo, una de las cosas que hizo y de las que se enorgullecía fue convertir en ilegales a los cafés en las veredas de la ciudad. Se deshizo de cientos de cafés en las aceras pues para él estos cafés eran la encarnación de la maldad, eran decadentes. Eran la manifestación de algo ajeno a Nueva York, podían formar parte de una ciudad ociosa, con gente sin hacer nada, sin trabajar, pero no eran algo digno de esta ciudad. Él decía: “Nueva York no es París, Nueva York no es Venecia, somos una ciudad que trabaja”. Y hoy podemos ver lo ridículo de esta afirmación. Sin dudas, con todo lo bueno de La guardia, esto muestra el costado más reaccionario y provinciano de la izquierda neoyorquina”.

Enamorado de la ciudad “como concepto” Berman asegura que hace ya años que no vacaciona en una playa o en una montaña, y que prácticamente le ha dedicado la vida entera a comprender cómo estos gigantescos conglomerados de gente y tránsito nacen, llegan a su madurez y en algunos casos desaparecen.

“John Lindsay fue alcalde de la ciudad entre 1965 y 1973, y su primera acción de gobierno fue, por decisión ejecutiva, abrir de nuevo los cafés en las aceras”, recuerda. “Su segunda medida ejecutiva fue prohibir el acceso de automóviles a los parques de la ciudad. Central Park se había convertido en una especie de autopista a través de la ciudad. Y él limitó la circulación de autos, y la prohibió por completo durante los fines de semana, con el objetivo de que uno pudiese llevar a su familia al parque y divertirse, correr, andar en bicicleta. Básicamente creó el Central Park que hoy disfrutamos y que muchas veces la gente toma como dado. Nadie recuerda que pocos años atrás el parque era completamente diferente, mucho menos amigable.

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